Alfonso Larqué y el Parque Científico de Yucatán

Sostuve un encuentro con Alfonso Larqué en febrero de 2018. Estaba yo trabajando en un artículo sobre algunos casos exitosos de negociación colectiva de iniciativas ciudadanas en Yucatán y la más interesante de todas me pareció la del Parque Científico y Tecnológico que tenía poco tiempo de haber abierto sus puertas. Diversos colegas me recomendaron que, antes de decir nada al respecto era preciso hablar con el prestigiado biólogo, Premio Nacional y pionero en numerosas ramas de la biotecnología y la protección a la diversidad vegetal. Para mi fortuna, a la primera llamada, el doctor Larqué me citó en su mesa de costumbre en el Vips de Prolongación de Paseo Montejo. Platicamos largamente sobre el origen de ese proyecto que cristalizaba propuestas de organización de la ciencia regional hechas durante varios años. Era un tema que apasionaba a Larqué.

Resumo rápido la historia, como un homenaje al científico recién fallecido que con tanta sencillez me brindó su conversación sobre el Parque, sobre la vida yucateca y sobre el Banco de Germoplasma que era su proyecto consentido. Lo hago también en este espacio, porque la historia del Parque Científico es la de una doble exitosa experiencia de gobernanza, si por ello entendemos “coordinación entre actores sociales diversos para llevar a cabo acciones puntuales, diseñar o poner en práctica políticas públicas o tomar decisiones en beneficio de un grupo o de la sociedad misma”.

En primer lugar, el Parque surgió justamente del diálogo fructífero entre gobierno local, administración federal y actores organizados, a partir de la capacidad de un grupo de la sociedad civil -científicos en este caso- que después de años de insistencia lograron atraer la atención sincronizada del gobierno de Yucatán, de Conacyt, de algunos miembros del sector privado y de sus propios colegas en centros e institutos del estado. La coincidencia entre todos ellos logró lo que parecía imposible: un cofinanciamiento entre el gobierno de Yucatán y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) que incluyó el enorme terreno en Sierra Papacal y el apoyo a un proyecto de desarrollo científico local que permitió la construcción de los principales edificios del nuevo complejo en el que se reunieron centros, laboratorios, museos y aulas de posgrado, junto con algunas empresas que se beneficiaban de la colaboración con el grupo de científicos yucatecos.

En segundo lugar, del diálogo entre las instituciones involucradas, surgió el Sistema de Investigación, Innovación y Desarrollo Científico del Estado de Yucatán (Siidetey), una organización de 10 universidades y centros de investigación participantes: (la Universidad Autónoma de Yucatán, La Universidad Tecnológica de Mérida, los Tecnológicos de Mérida y Conkal y el Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), así como la Unidad Mérida del CIATEJ de Jalisco y cuatro instituciones nacionales: la UNAM, Cinvestav, CIESAS y el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales (INIFAP) que estableció un sistema de trabajo colegiado y horizontal y aportó a la negociación con gobierno y Conacyt el atractivo de 200 proyectos de investigación en curso. Ellos mismos se identificaban como un “grupo de gobernanza”.

A lo largo de al menos una década, el grupo mantuvo una colaboración exitosa que permitió el manejo conjunto del parque y de las iniciativas de investigación que se han desarrollado en el mismo. Larqué, que había sido Presidente de la Academia local de Ciencias y director del CICY, era un actor respetado en aquel grupo de entusiastas investigadores, con varios de los cuales pude platicar en aquellos meses. A pesar de dificultades internas -toda acción colectiva tiene tropezones– ese funcionamiento colegiado entusiasmaba al viejo investigador y le permitía visualizar para Yucatán un futuro de desarrollo económico basado en la ciencia y el conocimiento.

El éxito compartido y los rápidos avances en la construcción y organización del Parque tenían un flanco débil en la excesiva dependencia del gobierno local, a través de la Secretaría de Investigación, Innovación y Educación Superior (SIIES). Tengo la impresión (y tal vez me equivoque) de que, con los cambios de gobierno, aquel acelerado impulso se ha convertido en un funcionamiento más rutinario en la medida en que cada institución del grupo retorna a sus intereses particulares.

Fuente: La Jornada Maya

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